Él posee una mirada de acero a la que no se le escapa ninguna presa. Con solo un vistazo, siempre logra saber las coordenadas exactas de la chica más hermosa de cualquier lugar. Él tiene un olfato depredador que logra oler, a metros de distancia, el perfume de las mujeres que buscan, huyen o ahuyentan. Él es un hombre cazador. Es, al mismo tiempo, vilipendiado por las mujeres como "el pendejo" y admirado por los hombres como "el mujeriego". Si bien parece que siempre está a punto del retiro, porque cada una de las chicas que conoce es su esperanza de amor, termina regresando a las canchas como el Maradona de los noventa. Parece que ése es su destino: el no poder ser fiel a una sola. A esa chica que lo paralice, que lo perdone, que lo ame. A esa mujer que lo haga sentirse inseguro, enamorado, atormentado y que le quite su disfraz de mujeriego.
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